domingo, julio 03, 2005

Yo vengo a San Rosendo...

Este fin de semana hemos tenido de visita a familiares del sur, y con ellos llegaron también deliciosos pollitos de campo (sin antibióticos, ni preservantes, ni dieta a base de harina de pescado), huevos frescos y tortillas de rescoldo. Ñam, delicioso.
Lo cómico es que cuando chico nada de eso me gustaba.
Durante toda mi infancia tuve la suerte de pasar mis vacaciones repartidas un mes entero en la playa y otro en un pueblito al interior de la Octava Región. Pero esto último era para mí casi una tortura, partiendo por el viaje de por lo menos seis horas en tren (nada mal) y luego casi dos horas en una micro rural (pésimo, siempre me mareaba, por lo que tener una bolsa plástica a mano era fundamental).
Después de eso venían cuatro semanas sin electricidad, la mayoría de las veces sin TV, soportando unos 35° de calor y con comida que no era de mi gusto. Una sentencia de prisión, prácticamente. O al menos así lo veía yo en esa época, cuando era un cabrito de ciudad, regalón y medio (bien) ganso.
Por eso, apenas tuve a oportunidad de decidir cómo pasar las vacaciones, opté por dejar de ir al sur.
Pero como uno con el tiempo algo madura, y aprende a valorar las cosas; hoy tengo que agradecer haber tenido esa oportunidad.
Recuerdo con cariño las escapadas al río con mi primo a atrapar pescaditos, los viajes en carretela, las trillas, los torpes intentos por escalar árboles, la libertad de correr por cerros y saltar arroyos, escapar de animales enojados, y volver a la casa con más de un rasguño y la boca manchada de moras silvestres.
Y recuerdo también muchas horas de activa imaginación, de inventar juegos; de quedarse sentado en una loma viendo el ocaso, cuando todo se torna ocre y las sombras se alargan sin nada que las detenga; con el frescor de la brisa helada y el silencio sólo roto por las bandadas de pájaros. Hasta quedar ahí, bajo un cielo cargado de estrellas, sintiendo miedo y fascinación.
Probablemente si hoy volviera a tener esa edad, mis sentimientos no serían muy distintos a los de esa época. Pero todo eso ya es pasado, un pasado que aprecio y que hoy me alegra haber vivido.

3 Comments:

Blogger J. said...

Tu relato me recuerda imagenes de la Pequeña Casa en la Pradera, o esa película de amigos "Stand by me" que privilegio!

Slds.

5:39 p. m.  
Blogger Remus said...

Je, de hecho, la casa a la que iba no tenía mucho que envidiarle a la residencia Ingalls, aunque definitivamente yo no era la pequeña Laura.
Pero sí, fue un privilegio tener esa infancia.

Saludos

9:14 p. m.  
Blogger great_pretender11 said...

Completamente de acuerdo. Yo también tuve la fortuna, y en su momento no la aprecié, de ir muy seguido al campo.

En todo caso, era aquí cerquita no más, a 45 min :) Así que íbamos y volvíamos en el día.

Igual lo fome era que la tele se veía mal (¡qué perno ir al campo a ver tele, pero hey, daban los Dukes de Hazard! jejeje)

Emotivo y bucólico recuerdo. Prácticamente me ahorraste un post :D

Gracias,

GP

12:58 a. m.  

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