domingo, julio 17, 2005

Salir del ropero

Para no caer en confusiones, precisemos: el título de este post es salir del ropero, no del clóset, que aunque parecidas son dos cosas distintas.
Cuando era chico me gustaba jugar con un ropero viejo que había en la casa. En él encontraba ropa antigua con la cual disfrazarme, tenía cajones y pequeñas cajas llenas de los más increíbles tesoros, y por su puesto, era el lugar ideal para refugiarse cuando uno jugaba a las escondidas. Hacía años que no pensaba en eso, y simplemente lo vine a recordar cuando leí un comentario parecido en un foro sobre la próxima película de Las Crónicas de Narnia: El León, la Bruja y el Ropero.

Una sensación similar me ocurrió cuando en la película Amelie muestran todas esas cosas que a la protagonista le gustaba hacer cuando chica, pero que a diferencia de la mayoría de las personas, ella seguía gozando ya grande; como introducir la mano en un saco de lentejas. Es una experiencia increíble, un placer inocente, pero muy sensual.

O embadurnarse los dedos con cola fría, para después retirar esa falsa piel.

Son cosas que yo también disfrutaba y que sin embargo, en algún momento dejé de hacer, junto con varias otras. El patio de mi casa dejó de ser la selva que debía atravesar mi colección de autitos match box (que ya ni sé dónde está); la mesa y sillas del comedor ya no fueron más la nave espacial con la cual viajaba a otros mundos; dejé de mirar las nubes y asombrarme con sus formas; de seguir el rastro de los caracoles...

Supongo que eso es parte del proceso de madurar. Pero de ser así, es un precio bastante alto.

En la película sobre el escritor C.S. Lewis, Shadowland (Tierra de Sombras), hay una escena en que sus colegas le preguntan por qué eligió la figura del ropero como puerta de entrada al mundo fantástico de Narnia. El muy serio Lewis (interpretado por Anthony Hopkins), responde recreando esa sensación que debe vivir todo niño al entrar en ese espacio misterioso, lleno de abrigos y objetos antiguos; aventurarse en él y, de improviso, sentir que algo cede y se ingresa a un mundo nuevo, asombroso. ¡Mágico!

Por supuesto, sus doctos amigos de Cambridge y Oxford se ríen de la respuesta.

Pero lo que Lewis estaba describiendo, era el mundo de la desbordante imaginación infantil.
Un ropero del cual salí sin darme cuenta, y al que me gustaría retornar.

1 Comments:

Blogger J. said...

Mmmm mucha nostalgia, Amelie me despierta ese mismo sentimiento que te produce el ropero. Por momentos doy gracias por no haber tenido ni internet, ni tanta tecnología cuando niño, era mucho más creativo para jugar, tenía más amigos y pasaba más tiempo en la calle o donde mi imaginación me llevara. Tal vez hoy se canaliza de otra forma, pero en lo personal valoro mucho como se dió en mi, inventando los juegos.
Slds.

8:47 a. m.  

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