jueves, agosto 31, 2006

Reflexiones post Mendoza

Por motivos laborales esta semana estuve en Mendoza con un grupo de colegas. Fue un viaje interesante, sobro todo porque a pesar de su cercanía, nunca había estado en esa ciudad y la verdad es que me pareció bastante bonita.
Lamentablemente no pude conocer mucho, ya que pasé la mayor parte del tiempo encerrado en seminarios y eventos empresariales.
Una pena, porque los días estuvieron con un sol radiante que invitaba a recorrer las plazas y calles atiborradas de frondosos árboles. Este jueves apenas me pude escapar unos minutos para efectuar una visita relámpago al parque San Martín.
Otro punto en contra fue el hecho de viajar con otros compañeros de trabajo, fieles representantes del chileno que se jura canchero y que aprovecha la primera oportunidad alejado de su costilla, para dárselas de macho alfa y echar su canita al aire.

Todos estos días soporté comentarios del tipo “las rajas de las mendocinas son fenomenales”; “¿Viste a esa morena? se pasó la mina pa’ rica” (dicho casi corriéndose una paja) y otras perlas que soy incapaz de repetir, no por moralista, sino porque carezco de ese tono de calentura propio de quien transforma a cualquier mujer en sólo un par de tetas y un culo.

Y por supuesto en las noches surgía el “gran panorama” de ir a un night club. “Ya puh Remusito, pa dónde vamos hoy”, me preguntaban, mientras yo respondía con mi sonrisa más beata.

Por suerte en el trabajo tengo fama de tranquilo y serio (léase fome y pacato), así que no me wevearon mucho. Además, la primera noche me atacó un resfrío fulminante que me tuvo con ataque de tos y fiebre.

Por personalidad y formación me desagrada mucho cuando se trata de esa forma a una mujer y ni siquiera por aparentar participo en ese tipo de comentarios. Prefiero quedarme callado o fingir que estoy distraído.

Sin embargo, si el escenario hubiese sido distinto y estuviera rodeado de amigos gay ¿me complicaría hablar de esa forma refiriéndome a otros hombres? Porque dicho sea de paso, si las mujeres argentinas son espectaculares, los varones no se quedan atrás. En estos días más de una vez me quedé pegado mirando a un tipo y efectuando mentalmente algunos comentarios “apreciativos”, aunque nunca tan burdos como los de mis colegas. Pero en grupo quizá la reacción sería distinta.

¿Me debería considerar un tanto hipócrita?

No lo sé. Apreciar la belleza de otra persona no tiene nada de malo, pero creo que hay un punto en que ya se pasa a la grosería. ¿Dónde está ese límite? ¿Cómo debería actuar para ser consecuente? ¿Con qué derecho critico a otros?

Quizá simplemente me enrollo demasiado con algunos temas. Pero bueno, por algo soy el correcto Remus, siempre tan “educadito”.

martes, agosto 22, 2006

Viviendo con temor


Lamentablemente desde hace un tiempo cada vez es más común ver casas con cercados eléctricos como medida de protección. Y digo lamentablemente porque los encuentro horribles, peligrosos, pero por sobre todo, porque no me gusta lo que representan: una sociedad que se deja conquistar por el miedo desenfrenado y que encuentra que la única forma de sentirse segura es aislándose del resto.
Pero lo peor de todo, es que es un herramienta que transmite un mensaje cargado de agresividad.
El cercado eléctrico lo asocio a cárceles, a campos de detención... es una imagen muy fuerte, de ruptura total entre los que están dentro y los de afuera.
Y sin embargo existenten personas que están dispuestas a tolerar eso con tal de sentirse seguras. Vivir en un pequeño gueto.
Yo no podría.
Jamás he tenido la experiencia de ver violentado mi hogar –y espero que nunca ocurra-, no puedo imaginar lo dramática que puede ser esa situación, pero creo que aún así no aceptaría la idea de recurrir a esas cercas y mucho menos a un arma de fuego. Sería casi como asumir una derrota mayor y transar mi libertad.
Además, siento que a la larga esos implementos a lo único que llevan es a acentuar un ambiente de temor y desconfianza que no le hace bien a las personas, al contrario, las aliena. Porque mientras más extremos son los recursos que emplea una parte de la sociedad, igual o mayor es la reacción que provoca, generando así un espiral de mayor violencia y también de deshumanización.
Ojalá nunca me vea enfrentado a cambiar mi apreciación por estas supuestas "defensas", porque de verdad encuentro que el remedio es peor que la enfermedad.

(La foto fue copiada del sitio web de la empresa Pro-tg)

domingo, agosto 20, 2006

A Sunday kind of love

Hay ocasiones en que una canción se nos cruza justo en el momento preciso, generando que su mensaje y melodía impacten con más fuerza.

"A Sunday Kind of Love", interpretada por Etta James.

(Lamentablemente no sé cómo subir canciones a la red -ni me interesa caldearme la cabeza intentándolo-, pero dejo la letra).

I want a Sunday kind of love
A love to last past Saturday night
And I’d like to know it’s more than love at first sight
And I want a Sunday kind of love
Oh yea yea

I want a love that’s on the square
Can’t seem to find somebody
Someone to care
And I’m on a lonely road that leads to no where
I need a Sunday kind of love

I do my Sunday dreaming, Oh yea
And all my Sunday scheming
Every minute, every hour, every day

Oh I’m hoping to discover
A certain kind of lover
Who will show me the way

And my arms need someone
Someone to enfold
To keep me warm when Mondays and Tuesdays grow cold
Love for all my life to have and to hold
Oh and I want a Sunday kind of love
Oh yea yea yea

I don’t want a Monday, Tuesday,
or Wednesday, or Thursday, Friday or Saturday
Oh nothing but Sunday oh yea
I want a Sunday Sunday
I want a Sunday kind of love
Oh yea
Sunday, Sunday, Sunday kind of love

jueves, agosto 17, 2006

El placer de comprar sí tiene precio (lamentablemente)

No hay caso, soy todo un consumista. Se me ocurrió pasar por la librería Contrapunto y - ¡Horror! - estaba con precios rebajados (liquidación de agosto).
Ante mis ojos desfilaban maravillosos tomos ilustrados sobre arte, arquitectura y cocina; bellos libros con imágenes de Provenza y Toscana; pequeñas ediciones de tapa dura dedicadas a museos y jardines... Todos con letreros que anunciaban descuentos de 10%, 25% y hasta 50%.

Juro por Dios que tuve que hacer acopio de todas mis fuerzas para no sacar la tarjeta de crédito e indicarle a la vendedora “quiero ése, y este otro, y los tres de allá...”

Y es que muy rebajados estarán pero siguen siendo libros caros. El problema es que mi cerebrito consumista lo único que entiende es que si un libro que antes costaba $34.000 ahora lo puedo adquirir en $26.100 ¡Hay que aprovecharlo!

Ahí estaban el maravilloso tomo ilustrado sobre El Gótico, o el imponente Viaje Culinario por Francia, la bella vista de San Marcos que ilustra Italia, Emociones desde el Cielo, o los dos volúmenes sobre Leonardo, y ese ejemplar con las distintas variedades de rosas (mi flor favorita).

Imposible conformarse con uno. Tuve que respirar profundo y salir de la tienda lo más rápidamente posible.

Pero necesitaba comprar algo, necesitaba saciar mi sed de consumo. Así que enfilé mis pasos hacia la Feria del Disco para adquirir el CD de cierta cantante chilena que ha acaparado la atención –por decirlo suave- de varios blogueros.

Todo bien, hasta que el vendedor me dice “tenemos una oferta, si paga con tarjeta de tal banco puede llevar tres CDs y cancela dos”.

Nuevamente mi cerebrito saltó ante tal promoción, aunque en la práctica se traducía en gastar mucho más de lo que tenía presupuestado. Y si bien por una fracción de segundo me dije “no Remus, lleva sólo lo que vinimos a buscar”, ya no tenía fuerzas para resistirme.

Terminé sumando la banda sonora de “Los Coristas”, que está bien, pero esperaba más, y “After hours with miss D”, de la notable Dinah Washington. En todo caso, la interpretación de
"Blue Skies" que ofrece esta última bien vale lo invertido.

martes, agosto 15, 2006

World Press Photo


Entre tanta impactante imagen de drama humano, guerras y desastres naturales, esta foto que muestra a Aaron Peirsol en el Grand Prix de Santa Clara, fue un bálsamo para la vista.

"World Press Photo", Corporación Cultural de Las Condes, 4 al 27 de agosto.


(Foto: Donald Miralle Jr., Getty Images, 1er Premio Deportes en Acción)

lunes, agosto 14, 2006

Y si...

Me gustó desde el primer momento que la vi, con su belleza sencilla y su aire de chica inteligente, como una versión criolla de Rory Gilmore.
Tenía el pelo color miel, en corte melena; unos ojos pardos que cuando sonreía se achinaban un poco, al tiempo que desviaba la mirada a un costado y su boca hacía un simpático mohín.

Su voz era agradable, con un tono ligeramente ronco, al igual que su risa.

No vestía a la moda, pero tenía buen gusto. Sus únicos adornos eran unos clásicos aros de perla y el reloj en su muñeca izquierda.

Era ingenua y aguda. Buena alumna, pero para nada seria. De hecho, lo más frecuente era verla sonreír.

Siempre decía lo que pensaba en forma directa.

Era la típica hija matea de familia católica conservadora. Quizá aburrida y pacata a los ojos de los que se quedaban en el estereotipo de chica Opus, pero llena de detalles más sutiles, auténticos e incluso irreverentes que, para cualquiera que se diera el tiempo de conocerla mejor, encantaban.

Y eso me pasó a mí (y no fui el único).

Su presencia me gustó desde el primer día de universidad, pero a medida que la fui conociendo, simplemente me atrapó.

A mis 17 años por primera vez me sentía enamorado de una persona.

Todo pasaba a segundo plano cuando ella estaba cerca. Hacía esfuerzos por no ser obvio: en clases la observaba disimuladamente, y si nos sentábamos juntos, mi estómago se llenaba de mariposas.

Bastaba que me dijera algunas palabras para hacerme sentir en las nubes; como perrito contento de tener su atención.

Un día una compañera lanzó en broma “te gusta la Pancha”, y tuve que poner todo mi esfuerzo para que el rostro no se pusiera rojo y me delatara.

¡Porque claro que me gustaba! Sin embargo el sentimiento no era mutuo.
A
lo más que yo podía aspirar era que llegáramos a ser buenos amigos.
Darme cuenta de eso me dolió. Por casi dos años mantuve una secreta esperanza, que poco a poco fue cediendo paso a la resignación. Aún así, el resto de la etapa de universidad seguí siendo feliz simplemente con tenerla cerca y poder compartir casi a diario.
A
la Francisca la amé en secreto, con un cariño ingenuo y lleno de ilusiones. El recuerdo de esos años lo sigo apreciando, porque nunca he vuelto a experimentar lo que ella provocó.
Si se hubiera fijado en mí, el Remus cauteloso y racional habría derribado feliz sus defensas. Y quizá hoy la historia sería distinta.

miércoles, agosto 09, 2006

O2


Habitación en penumbra + lluvia sobre Santiago + Oxygene, de Jean Michel Jarre = Un momento mágico (solo)

lunes, agosto 07, 2006

Observador privilegiado

Tendría unos doce o trece años cuando, mientras caminaba todavía medio dormido y con frío rumbo al colegio, algo llamó mi atención en esa oscura mañana de invierno.
En un balcón iluminado al otro lado de la calle podía apreciar como un hombre joven, de unos veinte años, se paseaba semidesnudo por la habitación.

Lo que observaba me fascinó y perturbó, al punto de obligarme a disminuir el paso hasta casi detenerme.

No era la primera vez que veía un hombre con poca ropa, pero en esta oportunidad había algo especial. Quizá la naturalidad con que él exhibía un acto que para mí pertenecía a la más absoluta intimidad, y del cual yo era observador privilegiado. Y para qué negarlo, también me cautivó que se tratara de un sujeto bastante atractivo, con un cuerpo que todavía recuerdo como fibroso y de torso velludo: un físico masculino en todo su esplendor.

Yo avanzaba en cámara lenta, tratando de capturar todos los detalles. Fueron segundos estirados al máximo, hasta que el tipo abandonó la habitación, permitiéndome –muy a mi pesar- proseguir con mi rutina diaria.

Liberado del hechizo, me sentí culpable por la forma en que había actuado. ¿¡Cómo era posible que reaccionara de esa forma ante la visión de un hombre vistiéndose!?

Opté por atribuirlo a la simple curiosidad; al confuso fenómeno del despertar sexual, propio de esos años púberes.

Sin embargo, esas explicaciones no podían ocultar que, posteriormente, cada mañana echaba una rápida mirada a ese balcón, esperando que se repitiera la escena; lo que nunca más ocurrió (después supe que esa casa ofrecía albergue a turistas).

Ni tampoco acallaron el hecho que esos breves segundos pasaron a alimentar fantasías adolescentes, y que aún hoy constituyen uno de los momentos más eróticos de los cuales tengo recuerdo.

miércoles, agosto 02, 2006

Lazos familiares

Con mis hermanos menores tenemos una diferencia de edad de 15 y 17 años respectivamente; eso ha generado un vínculo especial entre nosotros, transformándome en algo así como un hermano-papá.
Existe la confianza y complicidad propia de los primeros, pero también un respeto y sentido de autoridad. Pero lo más importante: nos queremos mucho. Eso no obstante la fama de mal genio que me gané hace años. Porque cuando ellos iban en básica, yo era el responsable de ayudarlos con sus tareas y estudios (soy el primer profesional de la familia).

Siempre tuve facilidad para aprender, así que asumía que todas las personas debían ser iguales. Pero mis hermanos salieron más “duritos de cabeza”, así que cuando les tenía que repetir más de tres veces cosas que pretendía que entendieran a la primera, debo reconocer que me bajaban las ganas de agarrarlos a coscachos, y quizá más de uno se me escapó por ahí.

Desde entonces me cachan al vuelo cuando ando enojado.

Pobres, no debió haber sido una grata experiencia estudiar conmigo. A modo de atenuante debo decir que en esos años yo estaba en una pega en que llegaba tarde y cansado a casa, después de haber tenido que corregir los trabajos de otros “duros de cabeza”, pero con título universitario.

En todo caso, ellos también se aprovecharon, porque después hasta grandotes recurrían a mí para que los ayudara con las tareas, por lo que me tuve que poner pesado –más pesado- y decirles “ahí está la enciclopedia, busquen ustedes las respuestas” (igual los guiaba y estaba atento, pero ya era hora que aprendieran a manejarse solos en los deberes).

Pero no todo era el colegio y estudios, también hemos compartido muchas salidas al cine, al teatro, a comer... Tuve la suerte de disfrutar de una bonita infancia, en la cual gocé de muchas oportunidades, por lo que quería lo mismo para ellos.

Por eso, cuando mi hermana pasó a media y no quedó en un buen liceo (no es una lumbrera, pero por floja, no porque le falten neuronas) opté por asumir el pago de un buen colegio. Porque en eso soy de la antigua escuela: después del cariño, una buena educación es lo más importante que uno le puede entregar a un hijo, o hermano en este caso.

Además, quería que ella se formara en un buen ambiente, porque esas cosas influyen en el desarrollo como persona.

Lamentablemente la Pao salió media rebelde y llevada de sus ideas. Y ahora que está en la adolescencia vive en peleas con señora madre, “que no la entienden, que no la quieren...” En el fondo es una forma de llamar la atención, de comprobar que efectivamente es querida.

Ahí yo tengo una ventaja respecto a sus papás, porque ellos representan la autoridad contra la cual hay que rebelarse, especialmente señora madre (que ya no tiene la misma paciencia de antes), mientras que yo soy una autoridad más cercana y conciliadora. Me preocupo de escucharla, de ponerme contento cuando cuenta que obtuvo una buena nota (aunque sé que hay otras dos que no ha dicho y que no son tan buenas), de molestarla y consentirla como lo hacen los hermanos mayores, para que sienta que es la regalona. Pero también aprovecho de aconsejarla y conversar con ella para que vaya madurando poco a poco.

Con el Mario las cosas son más fáciles. A pesar que es bueno para reclamar garabatero como él solo, es más centrado y se da cuenta de las cosas.

Y si bien nuestros diálogos muchas veces son:

-Córtate el pelo.

-No.

-Córtate el pelo.

-No.

-Súbete el pantalón, que lo traes a medio cachete.

-Ya, pero deja de weviarme.

-Ok... Córtate el pelo.

El sabe que es parte de un juego de tira y afloja, en el cual por una parte tratamos que comprenda que en la sociedad se va enfrentar a ciertas normas y que es bueno que las conozca, pero siempre respetando su individualidad (nunca lo hemos obligado a hacer algo que no quiere... aunque con él siempre se puede negociar, jeje).

De hecho, mi hermano es bien parado en la hilacha y no le gusta que lo pasen a llevar, lo que le ha traído algunos problemas en el colegio. Señora madre le dice que no tiene que ser así, pero yo le doy un disimulado y a veces no tan disimulado apoyo. Porque me gusta que tenga una personalidad fuerte, dejándole en claro eso sí que el límite es nunca faltarle el respeto a otra persona (yo siempre fui callado y de personalidad más bien insegura, por lo que no quería ellos fueran de esa forma).

En todo caso, siempre he tenido presente que soy el hermano mayor, pero no el padre, y por lo tanto puedo intervenir hasta cierto punto, pero hay decisiones que no me corresponden.

Por supuesto, también he metido la pata, siendo pesado sin querer o no tomándolos en serio cuando hablaban de cosas que para ellos eran importantes. Sin embargo, tenemos una relación de gran confianza y cariño.
Ellos saben que me pueden agarrar pal weveo sin problemas, de hecho se ríen en mi cara de la ropa que uso y de mi forma de ser tan “anticuada” y formal; nos molestamos y jugamos como cabros chicos; nos robamos los dulces o estamos todos juntos viendo TV tirados en una cama. Pero también ese cariño se manifiesta en un respeto –que tiene que ser mutuo- y en saber que si necesitan algo pueden recurrir a mí.
P
ara ser sincero, cuando eran más chicos mi sueño era ver a mi hermana trasformada en una jovencita de blusa y falda escocesa tableada y a mi hermano como todo un caballerito bien educado (sí, soy medio opus en ese aspecto).
La realidad hoy en día es muy distinta, pero eso es irrelevante. Lo que de verdad importa es que son cabros de buenos sentimientos. Y si bien todavía me duele que no hayan salido buenos lectores, los miro y me siento contento y orgulloso que sean mis hermanos.

Me da lo mismo que no sean esos modelitos perfectos, porque los quiero como son. Espero que en su momento, ellos puedan decir lo mismo de mí.